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Yo

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Es septiembre de 1999 cuando camino junto a Oscar Delgado, un antiguo amigo mío, por la acera de la derecha de la calle Ave María en dirección a la plaza de Lavapiés. En la acera izquierda advierto la presencia de una persona por mí conocida a la que hago repetidamente señales con el brazo, sin que ella me vea. Por el contrario, un hombre al que no conozco de nada responde a mi llamada y, creyendo él conocerme, se dirige hacia donde estoy. Yo también me encamino hacia él para, extendiéndole la mano en ademán de saludo, hacerle notar que nunca nos habíamos visto.
 
Tras este hecho, le cuento a mi acompañante las numerosas veces que se me repite esta situación, narrándole aquellos casos que tuvieron por efecto provocar en mí uninstante de suspensión.
 
Estando con mi amigo Javier Gálvez en el café del cine Doré, una mujer, a la que no había visto jamás, vino hacia mí y me habló en estos términos: ¡Ah, hola Julio, cómo estás! Al mismo tiempo sorprendido, y no sin humor -por asumir mi complicidad con estas situaciones- le hago ver que no soy la persona que ella cree reconocer en mí, lo que visiblemente la provoca una gran contrariedad.
 
En otra ocasión, en el momento en que cruzaba la puerta de una galería de arte, en Madrid, una mujer -que resultó ser la galerista- me recibió con evidentes muestras de afecto y con un entusiasmo comedido. Le pregunté si nos conocíamos y, sin dudarlo, afirmó que sí, que habíamos estado juntos en Barcelona una semana antes (según sus palabras, con motivo de algún acontecimiento de tipo artístico). Debí necesariamente corregirla e informarla de que no pudo ser, ya que sólo una vez anteriormente había visitado esa ciudad, a la edad de diecisiete años (la segunda vez fue al año siguiente de que se produjera este hecho, a la que han seguido posteriormente muchas más). Por otra parte, en esa época la única relación que yo tenía con las galerías de arte era, sobre todo, la de visitante (estoy refiriéndome a la primera mitad de 1997). Ante mi explicación, la mujer da muestras de incredulidad. Yo, de desconcierto. Tras un breve espacio de tiempo en el que contemplo las obras expuestas, abandono la galería.
 
Hemos llegado a un bar y en su interior continúo relatando a mi acompañante otro episodio de la misma naturaleza que los anteriores. A decir verdad, uno que siempre ha obrado como primer paradigma de este "desdoblamiento".
 
En los años ochenta yo trabajaba en una agencia de viajes. Cierto día entró en el establecimiento un hombre y solicitó de mí el precio del billete de avión a Tokio. Después de indicarle detalladamente las distintas rutas del viaje e importes del mismo, se decidió a comprarlo. Le pedí los datos personales necesarios para hacer la reserva, esto es, el nombre y el primer apellido. Me los dio: Eugenio Castro. Al oír esto le pregunté por su lugar de nacimiento. Me respondió: Toledo. Este hombre se llamaba como yo y había nacido en la misma ciudad en la que yo había nacido. No teníamos ningún parentesco ni ningún parecido físico. Y, al menos hasta aquellos días, ese nombre y ese apellido no eran lo que suele decirse muy comunes.
 
Mientras narro a mi acompañante este capítulo me dispongo a tomar un café que previamente había pedido. Cojo la cucharilla para diluir el azúcar vertido en él y, mientras lo remuevo, noto como si algo se despegara de la cucharilla: era otra cucharilla que estaba, de tal modo unida a la primera, que parecía solamente una. Y en efecto, no hubiera advertido este solapamiento de no haber acometido la acción de disolver el azúcar y agitar el líquido negro.
 
El día 23 de septiembre me dirijo por la calle Villanueva hacia la calle Serrano. A la altura de la calle Claudio Coello veo cómo destaca, a través de la puerta entreabierta de una galería de arte que hace chaflán, un gran número de moscas que supongo proyectadas. Entro en la galería para verlas mejor y compruebo que se trata de una proyección en vídeo sobre la pared de la galería. También advierto a mi mano derecha, sobre una mesa de arquitecto, otra proyección en el ángulo inferior izquierdo de su superficie. Se trata, esta vez, de una sola mano (sin cuerpo), con movimiento autónomo, que sostiene un lápiz y que se encuentra rodeada de moscas que no revolotean sino que andan de acá para allá. A continuación miro a la pantalla que había visto desde la calle, en la que otro enjambre de moscas pulula, igualmente, de manera desordenada. Una trabajadora de la galería me hace notar, antes de que yo pudiera verlo, que el movimiento caótico de las moscas terminaba por conformar, en el centro de la pantalla, el pronombre personal yo, que aparece una y otra vez a medida que el ir y venir de las moscas se repite sin cesar.
 
Sueño de la noche del 23 al 24 de septiembre.
Penetro en el interior de una casa en la que una mujer que identifico con Conchi Benito me espera con una expresión que denota cierta ansiedad, al tiempo que esgrime una sonrisa vivaz. Está vestida solamente con un liguero y unas medias negras, además de una malla blanquecina de bailarina que transparenta su cuerpo desnudo. Hay ganas de hacer el amor y nos abrazamos hasta que yo la penetro. Ella siente un dolor y un malestar profundos, hasta el punto de renunciar al acto. Expulsa por la vagina un líquido teñido de sangre que poco después se convierte en un líquido, más o menos abundante, blancuzco y gelatinoso. Miro mi pene y el glande tiene una incisión. De entre la piel sale un gusanillo que expulso ejerciendo presión. Lo despachurro. A continuación aparece otro con el que repito la misma operación. Sensación de incredulidad. Levantado, avanzo. Pongo el pie sobre lo que parecen unas pocas moscas -o tábanos- que instantáneamente aumentan veloz y profusamente y se pegan a mi cuerpo hasta cubrirlo por completo. La angustia es tan aguda que me despierto.
 
En el interior de una sucursal bancaria aguardo mi turno para realizar una operación en el cajero automático. Es 15 de abril de 2004. Noto, de repente, una presencia a mi lado derecho. En efecto, una mujer me mira con mucho detenimiento. Me sorprendo un poco, pero no hago demasiado caso y retiro mi mirada. Pero ella no, ella permanece quieta, como absorta. La miro de nuevo y, no sin cierta hilaridad, le pregunto si me conoce de algo. Apenas le estoy formulando mi interrogación esa mujer se pregunta (me pregunta): ¿Manuel? Le respondo que no, y me contesta atónita que “soy clavado” a su ex marido. Exactamente emplea las siguientes palabras: "eres su doble y vistes como él, el mismo tipo de ropa. Estoy a punto de desmayarme". Tras hacer este comentario y mirarme un poco más se aleja y, llevándose las manos a la cara, se dirige hacia un mostrador para ser atendida por un dependiente del banco. Yo permanezco en mi sitio para realizar mi operación, ahora, la verdad, algo aturdido e intrigado. Cuando ella termina su tarea y se encamina hacia la puerta de salida, me atrevo a acercarme y preguntarle cuánto tiempo hace que no ve a su ex marido. No me hace caso. Solamente resopla y, ocultando los ojos con la mano según me mira de nuevo, abandona la entidad bancaria con expresión incrédula y atónita. Yo debo realizar aún mi tarea, que me lleva varios minutos. Cuando termino y me alejo de ese lugar y salgo a la calle, vuelvo a encontrarme con esa mujer, la cual ejecuta la misma acción de mirarme estupefacta, como si hubiera visto un fantasma.
 
He vuelto a ver a esa mujer días después. Ha sido a lo lejos. Y su expresión, cuando ha advertido mi presencia, ha sido siempre la misma. Sin embargo, hace dos o tres días nos hemos cruzado en la calle Santa Isabel y me ha saludado con una sonrisa e incluso ha tocado mi brazo con su mano.
 
Esta noche en que redacto este acontecimiento, 21 de mayo de 2004, a las 01:15, de regreso a mi casa después de dejar atrás a algunos amigos, y mientras camino por la calle Santa Isabel, una mujer, que resultó ser la protagonista de este relato, me saludó, a mis espaldas, a unos veinte metros de la distancia en la que yo me encontraba. Respondí al saludo con cortesía y, tras hacer el gesto de seguir mi camino, me detuve y me di la vuelta decidido a preguntarle quién era exactamente Manuel. Fue entonces cuando me contó que mantuvo con ese hombre una relación amorosa tan apasionada (según sus palabras) que terminó convirtiéndose en una relación dramática. "En la vida sólo se ama así una, dos veces", me dice, añadiendo que la suya con Manuel había sido una de esas historias de amor. Continuando con su confidencia, esa mujer me confesó que decidió abandonar a ese hombre, y que, después de despedirse de él con un beso una mañana mientras dormía, se marchó a Italia, donde permaneció varios años. No le ha vuelto a ver desde entonces, me dijo, si bien era ella la que ahora le estaba buscando. Esta búsqueda creyó haberla terminado cuando me vio en la sucursal bancaria y me confundió con aquel hombre, lo que la llevó a pensar que también él la estaba buscando. De ahí su expresión asombrada y casi de terror. Le pedí entonces que me confesara con absoluta sinceridad sí de verdad teníamos tal parecido Manuel y yo. "Sois exactamente iguales", me respondió, señalando de nuevo el aspecto, pero precisando ahora la forma del pelo, la forma de caminar, la perilla, otra vez la ropa. Conmovido y aliviado por su narración (al menos me quitaba el peso de tener que acarrear con un fantasma, es decir, con algún muerto) le comenté que yo sentía la necesidad de que me dijera quién era ese hombre con el que me había confundido. Asimismo, le manifesté que han sido muchas las veces que había experimentado este tipo de episodio a lo largo de mi vida. Y cuando le mostré mi total comprensión hacia su drama de amor y le hice notar cuánto me emocionaba su historia y la naturaleza de estos encuentros azarosos, y después de utilizar adjetivos como hermoso y maravilloso, esa mujer me pidió, cortesmente -y con esa expresión entre incrédula y admirada- que me marchase. Me fui sin dilación y sin pesar, embargado por la serenidad. Sofía se llamaba esa mujer.
 
Publicado originalmente en la revista Salamandra 15-16.

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