textos colectivos

LOS MALOS TIEMPOS ARDERÁN

I. Lo que vamos a decir lo decimos sin ninguna ilusión ni tampoco esperanza, ni sobre su utilidad ni sobre la verdad última de nuestros argumentos. Estamos demasiado lejos de los acontecimientos, tanto física como temporalmente, demasiado lejos, demasiado tarde, como para pretender tener ninguna influencia sobre ellos. Estamos lejos, además, de su propia negación, pues a pesar de que efectivamente compartimos una miseria análoga que se debe a las mismas causas, no es sin embargo igual, ni tiene su misma intensidad. Pero nos animan al menos dos deseos: contribuir, junto con los propios actos y a la luz de los mismos, al esclarecimiento del mundo en el que sobrevivimos, y salir en su defensa, allí donde su acción por muchas razones ejemplar merece ser defendida, contra todas las calumnias y mentiras que se han levantado y se levantarán por los enemigos de afuera y los de adentro, y no porque los insurrectos de Francia necesiten esa defensa, sino porque la necesitamos nosotros, los otros proletarios de tez “blanca” y conciencia desteñida, para desenmarañar el tejido de ficciones que nos encadena paralizando nuestra propia ira y nuestra propia revuelta. No pretendemos tampoco idealizar ni glorificar nada, porque nada debe ser ensalzado en el terreno de la guerra social. Tan mísera es nuestra condición, que el más mínimo triunfalismo es otro clavo más sobre el ataúd material y virtual que nos encierra en la vida diferida. Pero por eso mismo, deseamos seguir permaneciendo a la escucha de cualquier signo que venga de cualquier parte manifestando que ese estado catatónico empieza a romperse. Incluso aun cuando después, aparentemente, el silencio vuelva a reinar en Europa: especialmente en este último caso.

EL FALSO ESPEJO

Un hecho fundamental destaca en la cultura mediática de la imagen, y es que el Poder ha sabido utilizarla como evidencia vanguardista de su discurso, convirtiéndola en el fundamento de sus fines: la instrumentalización de lo imaginario. Así, el poder ha encontrado en la imagen una herramienta insospechadamente eficaz y estetizante que a la vez que instaura el orden objetivo de la apariencia y del espejismo, hace aceptable su transparente violencia.

Para llegar a este estado de cosas, era preciso hacer ingresar la llamada libertad de expresión en las dinámicas liberales de la “sensura” (censura de sentido, término acuñado por el poeta francés Bernard Nöel), para hacerla reaparecer, tras un desplazamiento apenas perceptible, bajo un nuevo nombre: libertad de representación, concepto sin duda más cercano al de libre mercado con el que se asocia. Gracias a esta tergiversación, que toma la forma de un cataclismo, la representación está ocupando cada vez más un puesto preferente con respecto a la imaginación, hasta el punto de que podemos afirmar que la imaginación, regida ahora por las leyes de la representación, está perdiendo toda connotación de interioridad. Esto es, desde luego, un desastre que promete arrasar con el antiguo “pecado de pensamiento” que nos unía a la visión (1). Y no debería parecer apocalíptico decir, junto a los críticos de la sociedad cibernética y telemática, que ya no vemos porque hemos dejado de pensar e imaginar y hemos pasado a representar y a visualizar (aunque esto no es todo, como trataremos de hacer notar más adelante). El desencadenamiento abrumador de imágenes en nuestros días viene a decirnos, por una parte, que la imagen ha sido liberalizada, y por otra que ha sido liberado un imaginario que amenaza con volverse real. De hecho, ya apenas tenemos una imagen mental (íntima y singular) del propio mundo, del que cada vez tenemos más noticias, sí, es decir, del que cada día se nos notifica más su ausencia, puesto que somos a diario apartados más y más de su relieve, de sus accidentes del terreno, de su fisicidad en suma. Y esto, en la medida en que viene siendo, a causa del fenómeno pantalla, laminado, allanado. Sea a través del televisor, de los monitores de vídeo, de la fotografía (“artística” o documental da lo mismo) y muy especialmente a través del llamado internet (hoy, encarnación inigualable de la “máquina descerebradora” de Jarry) el mundo es permanentemente escenificado, queremos decir, diferido en directo.

HERMANOS QUE ENCONTRAÍS BELLO CUANTO OS VIENE DE LEJOS

La otra tribu: el enemigo
 

ES UN HOMBRE O UNA PIEDRA O UN ÁRBOL EL QUE HA SIDO EXTINGUIDO

Otro chapapote, el del Prestige, embardunó una noche de noviembre toda su obra, tintó esculturas y arruinó colores. “Fue un golpe muy duro para él; en los últimos días estaba triste. No quiero especular, pero Man ha muerto de melancolía”.
RAMÓN LOBO
Mortal melancolía de un hombre libre, El País, 30-12-02

LOS DÍAS EN ROJO. Por un proyecto político de vida poética

Hoy parece claro que la empresa de los revolucionarios consiste en hallar nuevas formas de liberación de los hombres y mujeres del mundo. Nuevas formas que, como dice F. Rosemont, “les liberen de sus represiones y que, en vez de ocultarles el horror omnipresente, puedan reconocerlo y así cambiar el sistema social que lo perpetúa”.

TODAVÍA NO SE HAN PARADO TODOS

No hay peor esclavo que el esclavo feliz. No hay tiranía más segura que la que se soporta con alegría. Ante la proliferación de víctimas voluntarias, no se puede hablar de libertad o de revolución. Hablemos para empezar de pesimismo: pesimismo sobre la cualidad intelectual y moral del ser humano, sobre su capacidad de rebeldía, sobre la fuerza de sus deseos. Porque hay muchas razones para alimentar ese pesimismo que por fuerza ha de actuar como perturbación y ruido de la sintonía del sistema.

AVISO PARA LA PROXIMA DEMOLICIÓN DEL NUEVO TEATRO OLIMPIA

Ni en el orden del urbanismo ni en el de ningún otro, nada bueno puede venir de las alturas burocráticas donde moran nuestros amos.

LA QUIMERA DEL INQUILINO

A mí con que tenga luz y 50 metros cuadrados, me basta
Laura, Mileuristas en el zoo, El País 14-9-2007

INSTRUCCIONES DE USO PARA EL RAPTO Nº 7

Llevábamos tanto tiempo contando derrotas y contemplando hundimientos, que ya no nos acordábamos de un tiempo mejor en el que el proletariado asaltaba por segunda o enésima vez cielo alguno. Tanto tiempo de desolación, tristeza, impotencia y soledad, que parecía que el fin del mundo propiciado por un capitalismo tan destructor como agotado se había consumado, totalmente, y para siempre. Hasta tal punto había llegado el desánimo, que incluso se decía que la capacidad de resistencia de los hombres y de las mujeres aplastados por las constantes vueltas de tuerca de la economía había desaparecido, que al fin y al cabo eran cómplices subhumanos de su sometimiento, ratones de laboratorio dopados y domados incapaces de rebelarse, que la revuelta había pasado a la historia, y que si alguna había y aquí o allá estallaban la rabia de la desesperación o la protesta airada ante el penúltimo chantaje del mercado y del Estado, no se trataban sino de gestos vacíos sin futuro ni sentido, a no ser el de refinar y apuntalar los mecanismos represivos de la dominación que supuestamente intentaban combatir. Y sin embargo, el fulgor y el calor de las luces de las banlieus francesas o de las noches griegas eran signos que portaban un mensaje distinto de pasión y de hartazgo, de vida descarnada y de insurrección; y esa luz no se apagó, sino que poseyó el cuerpo de Mohamed Bouazizi y de otros muchos que le siguieron en su gesto prometeico, y de todos los que cegados y reconfortados por tanto resplandor perdieron el miedo y salieron a la calle árabe para encontrarse y tomar la palabra y negarla al poder y contestar a su fuerza con la fuerza y la obstinación y la espontaneidad y la solidaridad, hasta que los gobiernos cayeron y las revoluciones triunfaron al menos en parte en un proceso histórico que todavía no se ha terminado pues el rescoldo de la libertad respira por mil heridas, y por ejemplo el fuego ha vuelto a Tahrir. Y una noche de mayo esa luz prendió en las barricadas que se levantaron tras una manifestación en Madrid, y luego se acampó en la Puerta del Sol y se levantó un toldo, y después, como en Tahrir, una ciudad entera, y la luz prendió también en Barcelona y en todo el país, y de ahí saltó a Europa y tomó otras formas, de nuevo en Grecia, ahora en Londres, a su manera en Chile, y hasta en lugares de negrura absoluta donde ninguna chispa era previsible como Wall Street.

A MODO DE PRESENTACIÓN

A modo de presentación

La revista Salamandra cumple con esta nueva entrega los veinte números, desde que el primero saliera a la luz en 1987. En todo este tiempo transcurrido no sólo ha cambiado el formato y el grosor de la revista (recordemos que aquella primera Salamandra no pasaba de las dieciocho páginas), sino que también han aumentado, creemos, sus ambiciones y preocupaciones, su capacidad de interrogación e intervención en la realidad y en los debates y acciones que pretenden criticarla y combatirla.

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